sábado, 19 de enero de 2013

VEO EN EL SILENCIO Por: Pablo Gungolo Un texto para: “t.t.t.t.t” // dirigida por: Rosina Gúngolo "t.t.t.t.t" Lo indecible es aquello que al escritor desespera, obsesiona y al mismo tiempo es aquella búsqueda la que lo mantiene con vida, en su afán de destruir el monopolio de la realidad, bucea en las palabras que toquen el tilín del corazón. Alejandra Pizarnik pegaba los poemas que estaba escribiendo en una pared para visualizarlos y en las palabras faltantes hacia un dibujo invocando por medio de un jeroglífico su esencia, para que llegue por fin la palabra justa. Lo invisible abarca y lleva como correlato lo indecible a la danza, también lo subsume, lo chupa y lo lleva a su propio concepto imaginario. Los movimientos invisibles, existen. Rosina hace de lo invisible una apología: creer y confiar que está sucediendo, que en el aire oscuro el movimiento actúa, es ejecutado / pensado una y otra vez / improvisado, para que nadie vea más que el contorno difuso de una sombra. Pero la oscuridad no está sola, existe un la luz que titila (cual faro posmoderno), esa es la referencia de que sucede, a partir de ahí, de la concentración del rojo, del rojo que titila, un estimulo que redunda: repite y repite sin solución de continuidad, acaso no es el núcleo de la vida moderna, la ultima reducción de ahora y hoy y ahora y ahora y la música une lo negro y lo rojo, también titila en un mismo lenguaje, que crece por el hecho de permanecer constante, acompañada de sutiles variaciones, pero perseverante, el oído es llevado a un eco del propio sonido, que también se vuelve eco. La incongruencia: que la imagen llegue desde una tv, la ironía: detrás del aparato la otra, danza viva está bailando y hay dos movimientos al instante, que surgen de uno; donde está el espíritu y la respiración, ahí los orígenes más íntimos de una idea hermética, que se expande. La obra desafía, al dar vuelta el foco de la mirada, de repente me encuentro proyectado en un televisor: me reconozco, pero toco tímidamente alguna parte de la cara o realizo un microgesto, me aseguro que lo veo por la pantalla soy yo, y el resto del público también se observa, pero como público. Se rompe la intimidad del único rostro ante los espejo del baño, del ascensor y del palier, de las vidrieras de los negocios al pasar o de las ventanillas de los colectivos. Observados como recorte de sociedad que observa, se abren los interrogantes y ahí si estamos solos. Sin contornos claros y sin formas limpias, detrás del sonido y de la luz que sobresaltan, se mueven los hilos transparentes de quien baila y asegura, que lo invisible tiene cuerpo.

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